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Cultura & Espectaculo Domingo 25 de mayo de 2019 
#NUESTROSESCRITORESSUSLIBROS
José Ramón Farías: recuerdos que perduran en algún retazo del pago y de la infancia
Este sábado momarandu.com propone un cuento del escritor chaqueño José Ramón Farías: fue maestro rural y recorrió el Chaco narrando leyendas y cuentos en escuelas y bibliotecas. Y como decimos siempre, para que todos disfruten, lee “Retazo de mi pago”, otro escritor chaqueño, Esteban González



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Para contactarse con el autor y/o adquirir sus libros, por favor, enviar mensaje privado a su página de Facebook o escribir a su correo electrónico: joseramonfa9@gmail.com.

ACERCA DE JOSÉ RAMÓN FARÍAS
Docente Jubilado, oriundo de la localidad de Los Frentones (¿…o de Las Breñas…?). Ejerció la docencia en varios parajes rurales de la provincia del Chaco.

Llevó a casi todos los rincones de la provincia y más allá de las fronteras chaqueñas, cuentos y leyendas; así estuvo en Paraná (Entre Ríos), donde participó del Congreso Nacional y Provincial de Folclore. También llegó a Cosquín (Córdoba) para participar del Congreso del Hombre Argentino y su Cultura, como también en el Encuentro de Poetas con la Gente, en las ciudades de Neiva y Buga (Colombia) participando de encuentros de contadores de Cuentos.

Ha colaborado como narrador en programas del Canal Encuentro, donde narró la Leyenda del Caa Pora, y abordó los temas del Lobizón y del Pombero.

Se ha presentado en ferias de libros en Chaco y Corrientes, y en la Casa del Chaco en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Por su actividad fue premiado con la Imposición de su nombre a la Biblioteca Escolar Nº 376 que funciona en la EEP Nº 354 de la ciudad de Presidencia Roque Sáenz Peña. Incursionó en programas radiales, donde difundió música folclórica argentina, mitos y leyendas. Es un escritor que escribe literatura gauchesca y todo lo que tiene que ver con cuentos, mitos, leyendas o historias.

Publicaciones: La misteriosa casa cruz, Los Velázquez, Mitos y leyendas de nuestro folclore, Cuentos para Chaqueños, Mitos y leyendas de América, Creencias populares, Pequeñas historias de Sáenz Peña (Parte I y II) entre otras.

RETAZO DE MI PAGO
Me crié en el seno de una familia de muy pocos recursos económicos, nunca faltó comida, pero si otras necesidades. Usábamos ropa de pocos pesos, postre era algo desconocido, viajes, ni pensarlo, todo limitado, para remate mis padres con un matrimonio muy conflictivo, peleas permanentes, agresiones. Estuve un tiempo en la ciudad de Santiago del Estero, en casa de unos tíos, que se ofrecieron para ayudar a mis padres en nuestra crianza, allí cursé 3º de primaria y 1º año de secundaria. Nuevamente en Las Breñas, otra vez las carencias, el mismo escenario de desencuentros familiares. Pero el ingenio se aguza cuando la necesidad es grande. Jamás nos habían comprado un juguete a ninguno de los seis hermanos. Las niñas jugaban a la mamá, haciendo su casita con los elementos que encontraban vidrios, botellas, cartones, cortaban flores, etc. Los varones construíamos nuestros coches y camiones. Consumíamos mucho picadillo, usábamos las latas vacías para construir las ruedas, y la suspensión con sunchos que ni recuerdo de donde sacábamos, probablemente traía mi padre de la desmotadora donde trabajaba como peón de patio. Por aquel entonces, las cupecitas de dos asientos, del turismo carretera que recorrían los caminos del país, fueron nuestros modelos. Cortábamos los laterales utilizando madera de cajón de manzanas con la forma clásica y el techo, baúl cubierta del motor se cubrían con lata de cualquier tarro que caía en nuestras manos. Al modelo terminado lo atábamos a una soguita o piolín y corríamos las carreras tirando del autito.

También jugábamos a las bolitas. La Troya, que consistía en tirar desde una distancia establecida hacia un hoyito en el suelo, cada uno de los participantes. El que quedaba más cerca tenía el primer tiro, si conseguía que su bolita entre en el hoyito ganaba todas las otras de los jugadores que participantes, si no podía embocar, tiraba uno por vez hasta que uno depositaba su bolita el hoyo. Otra forma era tirarla desde una distancia hacia una raya que trazábamos en el piso, el que quedaba más cerca tenía el primer tiro. Éste trataba de pegarla a la más cercana, si conseguía pegarle ganaba esa bolita, seguía tirando hasta errar un tiro, también tiraba uno por vez respetando la distancia más cercana que había conseguido colocar su puntera.

Recorríamos talleres pidiendo rulemanes que ya no se usaban en los automóviles. Nadie mezquinaba, con ellos construíamos una plataforma para sentarse y cruzábamos dos ejes con los rulemanes haciendo de ruedas en los extremos de los ejes. El eje delantero era giratorio y las carreras consistían en recorrer distancias establecidas de antemano, empujados por el “copiloto”, es decir el otro participante de la competencia. Siempre pedí cajones e manzanas en desuso para fabricar ese auto no autopropulsado.

El trompo también estaba entre nuestros juegos, te trazaba un círculo en el piso luego cada uno de los participantes arrojaba su trompo, que si conseguía hacerlo bailar dentro del círculo ganaba la apuesta. No se perdía el trompo.

El Barrilete siempre estuvo entre nuestros juegos. Yo particularmente los fabricaba con papel de diario (no podía comprar papel barrilete), cañitas tacuaras, cortadas de manera que tenga el menor peso y mayor resistencia. Con hilos añadidos de distintos colores que conseguía luego de mucho buscar, formaba un romboide o un octógono pegando el papel con engrudo, usando la harina sacada a hurtadillas a mi madre. El problema principal consistía en obtener trapos para fabricarle la cola al barrilete (pandorga decían los chicos en Santiago del Estero, cuando viví allí). Si habré ligado retos por romper trapos sin autorización de mi progenitora. Solía competir con los chicos del barrio intentando alcanzar la mayor altura, lo cual dependía de la cantidad de hilo y la fabricación del juguete. Porque algunos que tenían ovillos de hilo que sus padres le compraban no tenían técnica para hacerlos y cuando soltaban mucho hilo este formaba una enorme panza, no alcanzando mayor altura que una determinada.

Durante mucho tiempo hizo furor el juego de las figuritas. Dos maneras de competir, había. Una era arrojar la figurita contra una pared, desde una distancia acordada, éstas se iban acumulando y el que conseguía tapar una, ganaba todas las que se habían arrojado. La otra manera era dejarlas caer parado el competidor. Se dispersan por su liviandad, pero se amontonaban, igual que la otra forma, el que tapaba una ganaba todas las que estaban en el piso. En los kioscos se compraban sobrecitos con dos o tres figuritas, para llenar un álbum que también se vendía. Generalmente cada figurita tenía impreso el rostro de un jugador de fútbol de todos los equipos profesionales. Por supuesto algunas se repetían mucho y había las que casi no se emitían. Allí estaba la habilidad para cambiar una difícil por otra que me faltaba o simplemente acumular para el juego de la tapadita. Recuerdo haber completado un álbum, la figurita difícil era el rostro de Pelé.

Recuerdo que la casa de mis padres estaba pegada a las instalaciones del sindicato de obreros textiles, compuesto por el gremio de los trabajadores de las desmotadoras de algodón. Un muro separaba las propiedades. Del otro lado de mi hogar había una cancha de básquet, un pozo donde se enfriaba la bebida, cuando las heladeras no daban abasto. Es que normalmente todos los fines de semana organizaban bailantas, lugar donde me animé a invitar por primera vez una dama a bailar. Los asistentes eran gente ruda, casi analfabeta, era normal en cada fiesta peleas de borrachos, muchas veces usaban cuchillos para dirimir su diferencias, la policía trabajaba a destajo en ese lugar. Además en esa cuadra la única vereda afirmada en ladrillos era la del Sindicato Unión de Obreros Textiles.

Añoro esa ciudad que iba creciendo de poco. La Escuela Normal Mixta Provincial Nº 1, dio un impulso grande al quehacer cultural, se diplomaron los primeros maestros, que se desperdigaron por toda la provincia llevando su mensaje de saber. Jóvenes volvían de las lejanas Universidades instalarse en diversas profesiones, por doquier aparecían edificios modernos diseñados por profesionales, el asfalto mostró las ventajas sobre las calles de tierra en días de lluvia, dejaba de ser un pueblo de campaña, para convertirse lentamente en una ciudad.

Mi actividad como docente me llevó a otros lugares, esporádicamente regresaba, ya convertido en escritor a mostrar mis cosas. Por eso siempre digo en todas partes que ande, aunque a veces la prensa me identifica como saenspeñense, soy orgullosamente de Las Breñas.