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Cultura & Espectaculo Jueves 11 de marzo de 2019 
IDAS Y VUELTAS CON EL TIEMPO

Giros, retruécanos y metafísica del laberinto editorial
(Por Alejandro Bovino Maciel) Como soy idealista subjetivista berkeleiano, trato de no hablar de lo que no viví. Al proponérseme este tema del mundo editorial, opté por hacer un escolio a la escritura de un texto sobre la espantosa Guerra de la Triple Alianza, (Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay, 1865-1870) que nos propusimos con don Augusto Roa Bastos en un viaje a España a 12.000 metros de altura


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La idea inicial de Roa era la de escribir un libro a dos manos con narraciones del orden de la ficción histórica y enmarcadas en esa contienda monstruosa del siglo XIX. El viaje nos puso eufóricos y apostamos el doble: incorporar también narradores de Brasil y Uruguay para cerrar el círculo perfecto; si fueron los cuatro países involucrados en la guerra, de nuevo reunir voces de esos cuatro países que, curiosamente, hoy conforman el núcleo inicial del Mercosur.

Llegados a Madrid, donde Roa Bastos estaba invitado a pronunciar el discurso de los festejos de los 500 años de vida de la Universidad de Alcalá de Henares, me alojé una noche en casa de una querida amiga paraguaya que vive hace más de 30 años en Madrid. Como la casa estaba en refacciones, me tocó en suertes dormir en la biblioteca. Allí consulté, como quien pasa revista militar, libros desconocidos, entre ellos los ejemplares originales de la L´Encyclopèdie, de D´Alembert-Diderot y la reciente traducción que hizo Librería El Foro de las “Cartas desde los campos de batalla del Paraguay” del capitán Richard F. Burton donde el enigmático inglés, que estuvo en el teatro de operaciones de la guerra, describe en forma minuciosa la situación geopolítica del siglo XIX en Sudamérica y los desastres de la guerra fratricida. Al final de la carta 23, casi como al pasar, el capitán Burton escribió el dato que nos serviría como material argumental del libro, la existencia del Quilombo del Gran Chaco (que dio título a la obra después).

Escribir sobre esa cruenta guerra desde la óptica de una comunidad pacifista que se organiza en un desierto y en base a un aguantadero de fugitivos y desertores parecía el ideal para evitar volver a contar la misma historia que ya había sido referida miles de veces en obras narrativas, épicas, poéticas, teatrales y textos de historia.

Al regresar a Asunción, en un invierno tórrido, pusimos manos a la obra. El gerente de Alfaguara de Paraguay, un simpático señor de apellido Cruz ya había hablado con don Augusto sobre este tema y se acordó que Alfaguara editaría el libro. Pedimos tiempo para confirmar los trabajos del autor uruguayo y Roa, que siempre privilegió a la mujer, quiso que fuera una autora brasileña y recordó un encuentro de escritores en el que había escuchado un maravilloso texto de una escritora de apellido Lispector.

Don Augusto, en su casa, en la tranquilidad de sus mañanas ya había comenzado a escribir su parte que se llamaba “Frente al frente argentino”, un trabajo brillante, un diálogo filoso entre el presidente argentino y comandante de las tropas de la Confederación, el siempre discutible don Bartolomé Mitre y su ayudante el pintor Cándido López, que dejó un registro casi fotográfico de las distintas batallas de la guerra y, de paso, perdió una mano en la batalla de Curupaity.

El tema se prestaba de maravillas: imaginar a Roa Bastos metido en una discusión entre un liberal de pura cepa como Mitre y un artista como Cándido López, ya prometía pirotecnia. Y todo en medio de la guerra, mientras el generalísimo traducía “El Infierno” de la Divina Comedia del Dante y el pintor bosquejaba los desastres de la campaña militar en tierras paraguayas.

Yo, ni mu. Mi texto lo tenía “in péctore” que es le mejor modo de decir en la nada; los correntinos somos seres indolentes al paso del tiempo, creemos de antemano en una especie de eternidad instalada en este mundo, no es preciso esperarla en el más allá, y el ocio es un peso muerto al que nos abandonamos con tan sospechosa facilidad que nuestros vecinos chaqueños no hesitan en llamar “haraganería”. Pero son infundios creados por la malicia y la envidia, ambas del brazo como comadres en desgracia.

Coincidentemente, Radio Ñandutí en la que trabajé en Paraguay, había organizado un foro de cultura del Mercosur donde conocí a Omar Prego Gadea, de Montevideo, también autor de Alfaguara Uruguay. Lo invité a esta empresa y Omar aceptó de inmediato. Faltaba el autor o la autora por Brasil, de manera que me comuniqué con la Embajada de Brasil en Asunción solicitando datos de la señora Lispector. Me respondieron que tenían una dirección de e-mail, que me la facilitaron y rápidamente escribí proponiéndole a la señora Clarice Lispector integrarse a la escritura de este libro tan especial. Todo muy bien, la agilidad administrativa iba sobre rieles pero de mi texto, nada.

A la semana recibí la respuesta de una funcionaria del museo aclarándome que la señora Lispector había fallecido en 1977. Fui casi volando a casa de Roa Bastos a comentarle la noticia y don Augusto me señaló un problema que después fui comprendiendo en su verdadera dimensión con la revista “Palabras Escritas” que publicamos semestralmente con editorial Servilibro de Paraguay: los autores/as de Hispanoamérica y Brasil estamos incomunicados. Un autor brasileño había comparado a Brasil e Hispanoamérica con dos gemelos unidos por las espaldas que nunca se habían visto la cara. Y en este caso palpable, la figura literaria se hizo real, el desconocimiento nos jugó ese verdadero tropezón.

Días después Omar Prego Gadea me escribió para averiguar algunos datos sobre el libro y le pregunté si conocía a una autora o autor de Brasil. Omar propuso a Eric Nepomuceno que aceptó de inmediato y también se puso a trabajar sabiendo que jugábamos con el tiempo en contra. Y todo esto yo lo escribía en mensajes y contramensajes como si tuviese mi propio trabajo listo. Y no había una sola palabra escrita aún, salvo un abollado bosquejo que después no respeté. Pero a don Augusto le decía que sí, que ya estaba por la mitad de lo mío.

Ese ensueño no hubiese sido pesadilla si el simpático gerente de Alfaguara no me recordara que estaban esperando el libro toda vez que me encontraba en la Libroferia, en reuniones culturales y hasta en el supermercado donde me halló comprando verduras. Ni las zanahorias, el apio o las habas lo inhibieron; siempre impecable, con traje de costura fina, elegante como un lord inglés con 45º C a la sombra, el señor Cruz me conminaba a entregarle cuanto antes aunque fuera borradores porque “en la editorial estaban aguardando”. Le expliqué que estábamos algo retrasados por el incidente con Brasil, pero que tuviera fe (que mueve montañas) y tendría el texto en uno o a más tardar, dos meses. El simpático señor Cruz sonreía y yo me quedaba con el gusto amargo de mi culpa de saber que no tenía aún siquiera el título de mi texto.

Siempre me intrigó esta tendencia mía a prolongar hasta último momento mis obligaciones, como si en el fondo de mí estuviese esperando el remordimiento o como si mi autoconfianza fuese tan sólida como las Pirámides de Egipto. Algo en esa culpa que martilla la conciencia debo añorar porque siempre espero el agobio del último momento para cumplir mis obligaciones.

Todo encaminado, en dos o tres semanas llegó el texto de Omar (“Los papeles del general Rocha Dellpiane”) en el que involucró a un protagonista uruguayo de la contienda; después el de Eric Nepomuceno (“Un barón no miente, envejece”) y por último, los dos escritos de Augusto Roa Bastos: “Frente al frente argentino” y “Frente al frente paraguayo”. Tenía yo en mis manos ¾ partes de un libro aún inexistente.

Una luminosa mañana salí rumbo al hospital donde trabajaba como psiquiatra y en una esquina casi chocamos con… ¡el simpático señor Cruz! quien, con cierta alegría, me comentó en la esquina de Venezuela y España desde su auto al mío: “Ayer hablé por teléfono con don Augusto, me dijo que el libro ya está listo, lléveme el original a la oficina cuanto antes por favor”. Y sin esperar respuesta, siguió camino habilitado por el semáforo. Era el valor de mi mentira, el día en el que Roa bastos me entregó su parte brindamos con un champán que andaba por ahí y la euforia me hizo decirle que mi parte también ya estaba concluida y que se la mostraría breve. Roa Bastos transmitió mi mentira al simpático señor Cruz y así, todos engañados teníamos in mente un libro inconcluso. Mi abuelo siempre decía “la mentira tiene patas cortas” y la mía ya se había encontrado con el perseguidor señor editor. Y, como decía también mi abuelo “los males tienen muchos parientes” la secretaria del señor Cruz me había visto en un programa de TV al que iba semanalmente para hablar de salud mental, tomó el número de mi móvil y, seguramente acuciada por el simpático señor Cruz, empezó a llamarme para reclamar el texto y yo ya no tenía ni pretextos.

Esa noche me aislé del mundo conocido internándome en las turbias aguas del Leteo. Siempre razoné que, de ser verdadera la existencia del río Leteo (y en el orden de la ficción lo es…) ése debe de ser el abrevadero donde acude nuestra mente en busca de elementos para construir un argumento. Si es verdad que los fieles difuntos dejan allí toda su memoria antes de pasar al Otro Mundo, la provisión de toda esa milenaria memoria humana puede servir a los fieles pescadores de recuerdos ajenos, que recurrimos a la nada para crear algo. ¿Cómo se guardaría todo el pasado de esas vidas en una antecámara?, me decía, escéptica, mi amiga Engracia hace unos 20 años. Hoy día, con solo exhibir un chip de computación donde figuran bibliotecas completas, tendría la respuesta exacta.

En un día dejé casi listo el diario del militar Paunero que conforma mi texto del libro. La urgencia y el río Leteo donde también está la memoria del capitán Burton, me proveyeron del material desgraciado que necesitaba para describir esa guerra infausta. Entregué los borradores al simpático señor Cruz, el simpático señor Cruz lo entregó a Alfaguara de Buenos Aires, Alfaguara de Buenos Aires a su equipo de diagramadores, correctores y diseñadores y finalmente el libro “Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco” (Alfaguara, 2001) estuvo publicado y pudo presentarse, con gran concurrencia de gente, en el auditorio del Centro Cultural “Juan de Salazar” de la Embajada de España en Paraguay.

Texto publicado originalmente en Revista Jus, de México.