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Sociedad Corrientes Sábado 07 de junio de 2003 
PLAZA DE LA DIGNIDAD
Algo iba a ocurrirle a las siestas de chamamés aletargados
(Por María Laura Riba). Junio se atrevía frío. Más frío que otros otoños, casi inviernos. Pero 1999, no fue como otros años. Algo iba a sucederle a aquel manso monstruo, a esa siesta correntina de chamamés aletargados.

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"Me siento miserable después de haber visto las tropas norteamericanas en el centro de Bagdad"
Combates en la capital por el control de palacios presidenciales
Atacaron el vehículo en que viajaba el embajador ruso
Alumnas de establecimientos locales convocan a una marcha contra la guerra
Una oleada de bombardeos de gran intensidad sacude Bagdad
Fue un 7 de junio y unas cuantas carpas. Fue la mirada desconfiada y la plaza 25 de mayo. Fueron las amenazas y las palabras autoritarias. Fue, definitivamente, la Plaza de La Dignidad.

Recuerdo el día 7: temprano, por la mañana, en una esquina de la plaza, unas maestras se agrupaban y conversaban, mate en mano. Algún vecino les había alcanzado yerba y biscochitos. El frío hacía sacudir los pies y el alma. Del otro lado de la plaza, en la esquina de Salta y 25 de Mayo, bajo el inmenso cartel que recordaba que la llama nunca se apagaba, un grupo de hombres metidos en uniformes amarillos o naranjas o simplemente jeans y camperas, miraban oscuros, sombríos, recelosos, los pasos de la gente autoconvocada del otro lado. Ellos se reían. Ellos se burlaban y señalaban con el dedo. Ellos insultaban entre dientes y se encogían de hombros, como ganadores de partidas de trucos por demás mentirosas. A ellos, después, quizás los devoró la historia.

Recuerdo la Casa de Gobierno y sus dudas. El cabello siempre liso, tieso y brillante de Braillar Poccard, como su siempre lisa, tiesa y brillante imagen de fotografía de casamiento antiguo, opacada por un líder que lo presionaba y no lo dejaba respirar y por un pueblo que estaba aprendiendo a decir "basta". Qué cosa... Tato Romero Feris discutía por radio y si era nacional, tanto mejor; discutía con Lucio Portel (Partido Autonomista) y con Gustavo Canteros (gremialista de AMET, por entonces), discutía o monologaba, pero hablaba y hablaba, rápido y sin respiro. Estaba nervioso. Furioso. Poderoso. Mientras tanto, Martínez Llano tejía y destejía hilos fuertes que sus manos políticas eran capaces de armar, aún a contrapelo del autoritarismo de su adversario de entonces, casi amigos, por estos días... "Negocios son negocios"...

Pero los autoconvocados de todas las ramas, esos hombres y mujeres que fueron ocupando día tras día cada centímetro de la plaza, no entraban en sus planes. Esos autoconvocados molestos, ese pueblo inaudito capaz de perturbar al poder. Pero cómo se atreven... tanto bochorno... y todo por unos meses de sueldos atrasados... Qué poca perspectiva. Cuánta miopía.

Los días fueron sucediéndose con la lentitud de la espera, la amarga espera, que se cargó de represiones y sangre. Con muertes y con culpas que los políticos no quisieron asumir.

El 7 de junio de 1999 comenzó lo que después se dio en llamar el "que se vayan todos", que se fue repitiendo a lo largo y ancho del país. Nuestros muertos del 17 de diciembre de 1999, Francisco Escobar y César Mauro Ojeda, asesinados por la represión en las inmediaciones del Puente General Belgrano, más las decenas de heridos, fue el preludio de la represión y las muertes del 19 y 20 de diciembre de 2001, que determinaron la caída de Frenando De La Rua. Un gobierno que culminó como había empezado: represión ejemplificadora y muertes para frenar tanto descontento que no se pudo detener.

Recuerdo el 7 de junio de 1999 porque sentí la conmoción y la certeza de que sobrevendría una nueva vida que, después, no fue tan nueva. Los políticos, de todos los partidos, jugaron el juego de la "defensa del pueblo" y no hicieron más que armar las reglas, sus propias reglas, para "durar y transcurrir"... pero, señores, eso no es "honrar la vida"... "No te salves ni ahora ni nunca", dice el poema, pero los políticos correntinos se salvaron ayer, ahora y siempre y, todavía, se sientan a barajar y dar de nuevo como si nada hubiera pasado, como si ahora mismo, el país fuera igual después de la asunción y las rápidas medidas de Kirchner.

Recuerdo la Plaza de la Dignidad, soberbia y pobre, altiva y frustrada, terca y blanda, dura y luchadora. Bella y oscura. De olores a chipá, tortas fritas, sueños, mala noche, mate amargo y agua mineral. De acciones solidarias y remedios. De olor a miedo y firmeza. Recuerdo la vidriera que fue para tanto elegante sin ubicación, con largo sobretodo amarronado de corte caro y zapatos flamantes, que horas antes había ocupado tiempo en un micrófono para defender lo indefendible. Todavía veo a defensores acérrimos de la plaza, calzados en modernos atuendos al tono, sonriendo al lado de un maestro con pantalones más gastados que los sueldos no cobrados y una camperita fina para abrigarse del frío que, durante toda la noche, se le había clavado en la espalda. Me di cuenta y sospeché de ciertos seres erráticos, capaces de infiltrase en las reuniones de los autoconvocados, para desunir y desarmar, para dividir sin gobernar, para intentar no alterar un orden dudoso e inentendible a esas alturas.

Carpas y más carpas fueron poblando la Plaza de la Dignidad. Carpas que fueron creciendo desde el "no va vas". Carpas que sacudieron una modorra ancestral, la siesta feudal de los señores del poder.

Recuerdo el 7 de junio y otra vez, me conmuevo. Las imágenes se suceden nítidas, sin freno. Y recuerdo nombres y fechas, represiones y heridos. El falso abrigo de la muerte. Una Intervención Federal que insistió con la pose de que "todos los correntinos son culpables hasta que se demuestre lo contrario".

Y por ahí, hasta me vienen ganas de llorar.

No supe mirar igual desde aquel 1999. No pude escribir del mismo modo, después del 17 de diciembre de 1999, después de haber visto delante de mí, cómo una ambulancia se llevaba a alguien, algún herido o a uno de los muertos...no lo sé.

No puedo dejar de pensar en 1999, cada vez que se acerca una fecha que lo recuerda. Sí. Hasta me vienen ganas de llorar.

El 7 de junio de 1999, en Corrientes, se comenzó a escribir otra historia. Una muy distinta que, todavía, no figura en los manuales. Una historia que ya no puede ni podrá ser escrita, por los que siempre creen estar de vuelta. Por los que aseguran haber ganado todas las partidas.