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Sábado 08 de noviembre de 2003 
Filosofía
La estratagema de Zalmoxis y sus variantes protefilosóficas
La falsificación y el ocultamiento ocupan en la filosofía un interesante espacio temático que hoy pareciera reducido al ámbito de la retórica profesoral y al de los mal denominados tecnicismos de la literatura especializada.

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(Por Joaquín Meabe). Acostumbrados a un siglo expresivamente convencional y explícito, las diferencias originadas en la inteligencia o en la comprensión del sentido que nos transmite una opinión, una conducta o una obra tienden a resolverse en términos de funcionamiento y adaptación o, lo que es casi lo mismo, en términos de códigos, mensajes y significantes. En el fondo lo que esto implica respecto del poder expresivo y de sus dificultades inherentes no es más que una profunda coincidencia acerca de la inocuidad inmediata del pensamiento y de la palabra que lo transmite y cuyo examen se agota en el nivel analítico o descriptivo de las llamadas funciones del lenguaje y en plano en lo que Austin ha denominado, en las conferencias editadas póstumamente, con el título de How to do thing with words, la dimensión ilocucionaria del acto lingüístico.

Sin embargo esa coincidencia infraestructural, que ha desplazado la relevancia social del saber del plano del pensamiento a la línea de instrumentalización de la razón, no ha conseguido enterrar del todo al logos - esa magnífica pragmateia protefilosófica que, en opinión de Aristóteles (Pol: 1253 a 1-15), que permite distinguir al hombre de dios y de la bestia -, y una de las más notables evidencias en este sentido se manifiesta en la orientación más o menos afín de quienes hoy se esfuerzan por rescatar a través de las palabras su memoria escondida y la proyección convivencial de su sentido.

Personalidades tan diferentes y desiguales como Martin Heidegger, Leo Strauss, Hans - George Gadamer, Paul Ricoeur, Fernando Camacho, L. Alonso Schökel y Michel Faucoult son algunos de los artífices o inspiradores de esa nueva disciplina en la que convergen el interés de los teólogos y de los filósofos con el de los psicólogos y otros expertos en las denominadas ciencias humanas que no han podido escapar al poder y a las debilidades de esa memoria convivencial que le da sentido a la cultura y filiación genética al pensamiento.

No vamos a examinar aquí los rasgos de esa nueva y aún no del todo delimitada disciplina que suele llamarse hermenéutica.

Ni tampoco vamos a considerar el rol principal o periférico de alguno de sus inspiradores, que como en el caso de Strauss o Foucault es más que probable que hubieren rechazado el vículo adscriptivo que acerca de ellos aquí se propone.

El lugar de esa importante tarea que hace a la pendiente arqueología del saber de nuestro siglo, la aproximación que aquí nos interesa se orienta apenas al intento de configuración de uno de sus más curiosos espacios temáticos, el que hace a la falsificación y al ocultamiento, que por debilidad, prevención o temor impulsa a desdoblar el sentido y a manipular al destinatario al que se desea influir y no se puede o no se quiere enfrentar de modo directo.

Una consideración ingenua podría alegar que tanto la falsificación como el ocultamiento son impropios de la filosofía cuando no indignos en toda actividad intelectual relevante que se reclame genuina. Pero semejante criterio obligaría no sóo a expulsar un enorme conjunto de obras importantes sino que conduiciría a edificar un bakground decididamente artificial que reduciría al hombre a una especie de black - box (caja negra) cuya relación in put - out put expresaría una secucnia lógico - instrumental de estímulos y respuestas formalmente racionales al estilo de un ordenador programable.

En el dispositivo de la moderna sofística analítica ese background francamente inhumano pugna, sin embargo, por incorporarse al imaginario de la sociedad pos industrial a través de una arrolladora propaganda que se extiende en una gama de ofertas en la que se combinan la informática, los paraísos artificiales, la fantasía consumista y la programación interactiva.

Ajenos a ese fondo de artificios los seres humanos, aún conservamos el marco de atributos del que participa tanto el logos como los hábitos y los deseos. Y dependiente de esa oscura e intrincada trama, que aún se resiste a una completa inspección positiva, la debilidad y la inconsecuencia parecen constituti algo así como el recipiente en el que moldeamos naturalmente el ocultamiento y la falsificación, desempeños que no siempre constituyen una condición inferior del comportamiento, y que aún cuando así lo fuera no por eso resultan externos y accesorios a nuestra condición espiritual como pueden suponer los variados maniqueísmos que dicotomizan ética y biológicamente al individuo.

No es por cierto este el lugar para el balance ético o filosófico de la falsificación y del ocultamiento, y a los fines del examen de la cuestión que aquí tratamos nos basta con entenderlos a ambos como desempeños normalmente humanos y con aptitud para cxonfigurar un espacio temático particular. No vamos siquiera a abrir un juicio acerca de sus posibilidades de valoración de cara a lo que se suele entender como la conducta apropiada.

Entendidos de esta manera la falsificación y el ocultamiento como datos que complementan el inventario de las disposiciones humanas en el planop de las creencias y de las ideas, ambos rasgos pueden proporcionar una interesante y aleccionadora perspectiva para la comprensión de la cultura.

Así parece haberlo entendido Leo Stauss en Persecution and de art of writting al mostrar por ejemplo en relación a Spinoza el ocultamiento deliberado de tópicos y motivos teológico-filóficos inabordables sin conflicto de cara a la posición institucional de la religión establecida. Principalmente por temor al vulgo, a la opinión social establecida, en el que convivían los niveles más fuertes de la teología calvinista con los prejuicios y la intolerancia más decidida, Spinoza, de acuerdo a Leo Strauss, habría utilizado ciertos ardides con el fin de ocultar sus opiniones más personales.

De este modo habría evitado enajenarse de la simpatía de los creyentes liberales, a quienes como potenciales destinatarios de su obra podría haber afectado el liberalismo filosófico radical del Tratado Teológico-Político. en el fondo lo que se perfila sería nada menos que un intenso conflicto entre las opiniones solventadas en la sociedad y las atrevidas ideas del filósofo, conflicto en apariencia irresoluble para Strauss, y que impondría el desdoblamiento entre una doctrina esotérica, accesible en todo su esplendor sólo a lectores muy atentos y entrenados, y otra doctrina exotérica, socialmente destinada a quienes no podrían ni deberían ser colocados en la necesidad de afrontar tales diferencias de pareceres.

Desde ya que no siempre el ocultamiento deliberado se ha orientado a proteger intereses útiles para el conjunto comunitario, y la idea lo mismo que la posibilidad de reconocimiento de este tipo de intereses sociales es más fácil de invocar que de establecer. De lo que resulta que el ocultamiento bien puede conducir al fraude y la falsificación deliberada, donde la manipulación será antes que una consecuencia indeseada un genuino producto de un balance de fuerzas en el que la ignorancia de unos potencia la debilidad de los que en el otro extremo del arco social controlan el saber, que es lo que habría ocurrido en los orígenes de la filosofía y que se ilustra por ejemplo en la anécdota que acerca de Zalmoxis nos relata Herodoto en el libro IV de sus historias.

Más allá de que la época en la que transcurrre el relato corresponda a una etapa en la que el saber no se distinguía en términos de disciplinas y donde el conocimiento discurría con bastantes fluidez entre los simples observadores, los sacerdotes, los instructores ocasionales, los magos y los gobernantes, tanto los sucesos como la explicación del cronista marcan un tono en el que descubrimos ya una modalidad temática de una inquietante familiaridad en la cultura de Occidente en lo que hace al ocultamiento, a la falsificación pragmática y al desboblamiento racional deliberado en la construcción y en el alcance del sentido, que parece en todo diferente a la ambigüedad inefable del mito y del relato anónimo.

Según Horodoto (Hist: IV, 93-96), cuando Darío se aproximaba al Istro encontró y sometió a los getas, una comunidad que incluía entre sus costumbres una curiosa manera no trascedente de considerar la inmortalidad, un asunto por demás del todo distinto a la idea judeocristiana de inmortalidad como algo trascendente cuya coloración va a teñir desde entonces la inteligencia del debate desde su base misma.

Cuenta Herodoto (Hist: IV, 94) que los getas creen en la inmortalidad de esta forma: piensan que ellos mismos no morirán y que quien perece va al lado de la divinidad Zalmoxis. Uno de ellos llaman Gebéleiziz a ese mismo; y cada quiquenio mandan siempre como mensajero ante Zalmoxis a quien de ellos mismos hayan tocado en suerte, encomendando aquellas cosas que cada vez necesiten.

Sin embargo, parece que antes de alcanzar la divinidad Zalmoxis habría sido un hombre, y sobre esto nuestro perspicaz historiador nos dice (Hist: IV, 95) que según yo no fui informado por los griegos que habitan en el Helespontoy en el Ponto, este Zalmoxis, siendo un hombre estuvo en samos esclavizado a Pitágoras, el hijo de Mnsarjo. Y que ahí, habiendo el mismo quedado libre, adquierió bienes y se retiró a su lugar de procedencia . Aprovechando la ignorancia y la vida miserable de los tracios y lo que habría aprendido con Pitágoras, dice Herodoto (Hist: IV, 95) que este Zalmoxis interiorizado de las costumbres jónicas y de la manera de vivir más civilizadas de los griegos se construyó una resisdencia de varones donde acopió y enseñó a los principales que ni él ni sus convidados ni quienes procedieran de éstos morirían, sino que marcharían a un lugar donde vivirían siempre en posesión de todos los bienes. Y mientras hablaba y contaba esta historia hizo una morada subterránea; cuando la morada estuvo terminada, desapareció entre los tracios. descendió a la morada subterránea y vivió allí tres años, mientras ellos clamaban por él y lo lloraban como muerto. Al cuarto año se apareció a los tracios y así ellos se convencieron de lo que les había dicho Zalmoxis.

Herodoto con su habitual suspicacia acerca de este tipo de anécdotas agrega (Hist: IV, 96) que ni desconfía ni cree demasiado, aunque piensa que este Zalmoxis habría existido mucho antes que Pitágoras y si fue una divinidad o un hombre renuncia a saberlo, despachando así un tema que no parece tener demasiada relevancia dentro del dispositivo de los asuntos que está tratando en su relato sobre las hazañas de Darío.

A nosotros, sin embargo, este suceso, relativamente trivial para el propio cronista que lo relata, se nos presenta con un valor significativo en el contexto que estamos considerando.

En primer lugar pone en evidencia una falsificación ritual edificada a partir de una idea oculta que excede a la simple estratagema, al racionalizar materialmente una forma de trato con el destino y al encubrirla tras la fachada de lo natural y maravilloso.

En segundo término, podemos verlo como un truco, pero es más que eso, ya que en su dimensión ilocucionaria se articula como un programa racional de ocultamiento que desdobla el mensaje, el sentido de los destinatarios, desdoblamiento que indica que alguno o algunos de, sabe lo que otros no pueden o no deben saber porque no están en condiciones de saber lo más intrincado o fundamental de una trama relativamente poco traslúcida y que exige para la percepción de sus estratos más profundos de una iniciación o de un particular entrenamiento.

En todo caso el historiador que se preocupa por asuntos en los que se involucran grandes asuntos civilizatorios, sobre el historiador que siguiendo el modelo de las grandes crónicas histórico-políticas privilegia el relato en el que se informa acerca de la evolución institucional, de las transformaciones del gobierno y de los cambios sociales, económicos y técnicos, quizá encuentre justificada la desatención de eventos significativos cuya importancia, como en el caso de la estratagema de Zalmoxis, solo interesan cuando los relacionamos con su propia dimensión ilocucionaria, que más que un conjunto de sucesos se configura como una trama secreta de vínculos significativos que no siempre obedecen a la misma secuencia temporal.

A diferencia de ese tipo de historiador de grandes eventos, el interesado en comprender la trama intelectual de su propia civilización pareciera que, al menos en Occidente, debe tomar en cuenta hasta los episodios minúsculos cuando a partir de ellos resulta posible, en su dimensión ilocucionaria (como el caso de la estratagema de Zalmoxis), rastrear la pista que lleva a desentrañar el sentido de una idea o de una modalidad de desmpeño crucial a la articulación más amplia de la cultura.

Lo que se manifiesta con alta ejemplaridad en el episodio en el episodio de la estratagema de Zalmoxis ya estaba presente en su misma época en el ámbito de las sectas pitagóricas que que distinguían entre matemáticos y acusmáticos, siendo los primeros, de acuerdo a Porfirio (Vida de Pitágoras: 37) los que se compenetraban más a fondo y eran instruídos con rigor acerca de la ciencia. Los "acusmáticos" en cambio atendían solo a instrucciones compendiadas de los libros sin una discusión rigurosa.

En el fondo de todo esto se inscribe realmente un extraordinario proceso deliberado de desdoblamiento del sentido y de su alcance, donde lo que se oculta se aparta de tal modo de la superficie del sentido que ya resulta indiferente a tal proceso la calidad dicotómica verdadero-falso, porque más allá de los casos extremos como el de la estratagema de Zalmoxis, lo que en definitiva importa es la suma de atributos y destrezas que hacen a la condición de iniciado, idóneo o entrenado y que dan acceso a los niveles más profundos de la inteligencia respecto a los productos del pensamiento.

El ulterior desarrollo de dos órdenes separados, el orden de lo esotérico (o sea el orden de lo no accesible al iniciado) y el orden de lo accesible al resto) no hace sino confirmar esta modalidad de la cultura clásica en la que el ocultamiento tiende a disolver la falsificación en un mecanismo de selección fundado en el nivel intelectual de destrezas, que luego se va a transferir al plano del uso social del conocimiento en la civilización técnica.

La actual discución en torno a los dógmata ágrapa (la doctrina no escrita) de Platón es otra muestra de aquella dimensión del ocultamiento filosófico de que Zalmoxis da a la tradición hermética dibuja un territorio ilocucionario en el que se han edificado no solo los prejuicios sino también las ideas más audaces y las prevenciones más intensas acerca del uso y el control de la razón y de los valores que solventan los grandes estragulamientos de perspectiva de la civilización técnica.

Para los que han rebalsado el nivel de iniciación, para los que han conquistado el inquietante derecho al uso ilimitado de la razón -y sobre todo de la razón instrumental- , los que se encuentran detrás de aquella valla de sentido que la iniciación importa resultan entonces algo así como los sujetos necesarios de una casi inevitable acción tutelar del pensamiento en torno a cuestiones que, por estar indebidamente preparados, no tendrían que tomar a su cargo ni deberían afrontarlas.

De este modo seguramente todos los asuntos complejos y cruciales tendrían que pasar quedar en manos de de los expertos, conclusión por cierto tan insatisfactoria como desaconsejable y que en los mejores espíritus no puede más que provocar desazón, tal como lo denuestra el famoso Tratado como contra el método de Paul Feyerbend lo mismo que el resto de su inteligente y extraordinaria obra que solo un un estrecho instrumentalismo cientificista como el de Mario Bunge en "Racionalidad y realismo" puede acusar de irresponsable y nihilista.

Nuestra cultura actual no ha tomado debida nota de este dilema del uso del logos que la tradición intelectual de Occidente arrastra desde la oscura era presocrática y que hoy se potencia por la complejidad en el adiestramiento de la civilización técnica.

Intentar la exploración de ese espacio temático parece entonces un ejercicio más que razonable como acto de higiene psicológica y de autodefensa cuando no de exitación del espíritu frente a un escenario intelectual que, al tiempo que se pretende explícito, racional y ecuménico, no puede escapar al velo de las especializaciones, donde las jergas particulares y los cepos perlocionarios de la filosofía y de las ciencias demuestran un altísimo grado de perfeccionamiento en el acultamiento, y porqué no también en las falsificaciones y en los simulacros de lo real, que hace de la estratagema de Zalmoxis casi un juego de niños.
Corrientes, 27 de marzo de 1994.