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Sábado 08 de noviembre de 2003 
A 30 años de la muerte de Neruda

"Vago de un punto a otro, absorbo ilusiones"
(Por María Laura Riba) "Mientras la magna espuma de Isla Negra, / la sal azul, el sol en las olas te mojan, / yo miro los trabajos de la avispa / empeñada en la miel de su universo".


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Isla Negra. La casa frente al mar y en ella, un capitán de versos y mujeres. Pablo Neruda. Un hombre que proponía darse "un baño de tumba" para mirar la realidad. Un hombre oceánico, dueño de una voz fatal de pájaro cansado que sólo podía querer "con besos y amapolas".... Y ¿para qué más?.

Él sabía como nadie que "estaba cansado de una gota, / estoy herido en solamente un pétalo"; herido en sus pétalos de poeta y hombre mundano, herido en sus convicciones, enfermó hasta ver esas "amapolas negras que nadie puede contemplar sin morir, / todo cae a las manos que levanto / en medio de la lluvia".

Los mascarones de proa y los caracoles. Matilde, su morena sensualidad rescatada en fotografías blanco y negro. Esa mujer eternizada de "nombre de planta o piedra o vino / de lo que nace de la tierra y dura (...).". Y también Josie Bliss, esos "besos arrastrados por el polvo junto a un triste navío" y también tantas otras, tantas... tantas mujeres que amó tantas veces.

La soledad aborrecida. Los almuerzos con más de diez invitados. Las colecciones de botellones de vidrio. Los caracoles. Los viajes por el mundo. Las embajadas. Los ideales. El vino ritual para compartir, porque él conocía muy bien que "el vino no huye dando gritos / a la llegada del invierno, / ni se esconde en iglesias tenebrosas, / a buscar fuego en trapos derrumbados, / sino que vuela sobre la estación, / sobre el invierno que ha llegado ahora / con un puñal entre las cejas duras". Y para él un estatuto, lo menos que podía ofrecerle a ese "vino que clava sus espinas negras, (...) / entre puñales, entre medianoches".

La amistad y la muerte. La amistad y la soledad. La amistad y la lejanía. "Si pudiera llorar de miedo en una casa sola, / si pudiera sacarme los ojos y comermélos, / lo haría por tu voz de naranjo enlutado / y por tu poesía que sale dando gritos" y fue una oda a Federico García Lorca. "Así es la vida, Federico, aquí tienes / las cosas que te puede ofrecer mi amistad / de melancólico varón varonil. / Ya sabes por tí mismo muchas cosas, / y otras irás sabiendo lentamente".

La vida y la esperanza. La lucha y el naufragio, "Yo hago la noche del soldado, el tiempo del hombre sin melancolía ni exterminio (...) Ay, de cada noche que sucede, hay algo de brasa abandonada que se gasta sola y cae envuelta en ruinas, en medio de cosas funerales (...). Guardo la ropa y los huesos levemente impregnados de esa materia seminocturna: es un polvo temporal que se me va uniendo, y el dios de la substitución vela a veces a mi lado, respirando tenazmente, levantando la espada".

Y vino la enfermedad como "una lengua de polvo podrido" a arrebatar los versos como un lamento triste. A socavar al hombre que cae "en la sombra, en medio / de destruidas cosas (...)". Y el poeta fue vencido, lejos de su tierra, envuelto en sábanas de abismo.

Dicen que pese a la enfermedad que lo devoraba, Neruda murió de tristeza. El golpe militar que se inició en Chile con la muerte de su amigo Salvador Allende, fue el último boleto que compró para la despedida.
Una despedida que todavía, sacude en el aire, leves pañuelos blancos de adiós.

Aún hablan sus versos. Y Pablo Neruda comenta a quien quiera escucharlo, que él no ha muerto, que eso es pura fantasía, que él está aquí al rozar un libro. Así, desde sus ojos abiertos como puertos, se defiende de la muerte y recita: "Si me preguntáis en dónde he estado / debo decir "Sucede" (...) Si me preguntáis de dónde vengo, tengo que conversar con cosas rotas, / con utensilios demasiado amargos / con grandes bestias a menudo podridas / y con mi acongojado corazón".

Pero ya todos los saben, "No hay olvido", porque él siempre guardará para ofrecer "la estela de luz de seres rotos / que el sol abandonado, atardeciendo, arroja a las iglesias".
Que nadie pueda escribir tristes versos esta noche. Que nadie arrebate las noches.

CABALLO DE LOS SUEÑOS
Pablo Neruda

Innecesario, viéndome en los espejos,
con un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles,
arranco de mi corazón al capitán del infierno
establezco cláusulas indefinidamente tristes.

Vago de un punto a otro, absorbo ilusiones,
converso con los sastres en sus nidos:
ellos, a menudo, con voz fatal y fría,
cantan y hacen huir los maleficios.

Hay un país extenso en el cielo
con las supersticiosas alfombras del arco-iris,
y con vegetaciones vesperales:
hacia allí me dirijo, no sin cierta fatiga,
pisando una tierra removida de sepulcros un tanto
frescos,
yo sueño entre esas plantas de legumbre confusa.

Paso entre documentos disfrutados, entre orígenes,
vestido como un ser original y abatido:
amo la miel gastada del respeto,
el dulce catecismo entre cuyas hojas
duermen violetas envejecidas, desvanecidas,
y las escobas, conmovedoras de auxilio:
en su apariencia hay, sin duda, pesadumbre y
certeza.

Yo destruyo la rosa que silba y la ansiedad
raptora:
yo rompo extremos queridos: y aun más,
aguardo el tiempo uniforme, sin medida:
un sabor que tengo en el alma me deprime.

Qué día ha sobrevenido! Qué espesa luz de leche,
compacta, digital, me favorece!
He oído relinchar su rojo caballo
desnudo, sin herraduras y radiante.
Atravieso con él sobre las iglesias,
galopo los cuarteles desiertos de soldados
y un ejército impuro me persigue.
Sus ojos de eucaliptos roban sombra,
su cuerpo de campana galopa y golpea.

Yo necesito un relámpago de fulgor persistente,
un deudo festival que asuma mis herencias.