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Sábado 08 de noviembre de 2003 
El poeta y la abeja
(Por Beatriz Bisio, desde Concordia)

El poeta, hombre ya entrado en años, se revolvió en su silla con un sentimiento de asfixiante angustia que comenzaba a molestarle.

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Cuando joven pensaba que le era necesaria. El brillo de la misma juventud enceguece y es cierto que tal vez sea necesario escudriñar el alma para encontrar un sentimiento de angustia que lo salve del peligro de perderse en la superficialidad de la primavera.

Pero cuando se acerca el invierno, y las noches se tornan frías y cada vez más largas, el corazón se estremece. El temor y la conciencia de que la primavera perderá sus esplendores de a poco, y un día jamás retornará, enfrenta al hombre a sí mismo, y espejada en él aparece la angustia total y absoluta de su absoluta y total soledad.

Nuestro poeta, sólidamente formado en un agnosticismo militante, estaba a punto de perder también el consuelo de la poesía.
Se revolvió en su silla, decíamos, y levantó la vista. Su mirada chocó con un rayo de tibio sol que se filtraba por la ventana. Mecánicamente y sin saber por qué, abrió uno de los postigos. Probablemente haya querido recuperar aquella luz juvenil deseando ser enceguecido.

En lugar del brillo esperado, sintió una ráfaga de viento fresco que le obligó a protegerse los ojos, al mismo tiempo que sentía que algo le rozaba una mejilla. Pasó su mano por la cara, y salió volando una abeja.

Una abeja en invierno es cosa rara. La abeja sobrevoló la habitación y fue a posarse sobre la mesa, dio unas vueltas sobre ella y luego retomó su vuelo.
Sobre el mantel blanco había quedado la marca de su paso. Diminutas partículas de polen que habían caído de las patitas de la abeja se distinguían claramente.

Así supo el poeta que hay plantas que florecen en invierno, y también hay abejas que con laboriosa paciencia recogen su polen necesario para endulzar sus colmenas.

Desde ese día la abeja retorna siempre al corazón del poeta, le roba una palabra y la echa a volar al viento.