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Sociedad Corrientes Sábado 09 de agosto de 2003 
MOMARANDU EN EL SAN MARCOS
Decenas de niños aprenden el duro oficio de la marginalidad
Con motivo del Día del Niño, Momarandu.com entrega un informe sobre las condiciones de la infancia. El 80 % de los menores de 18 años en el Nea son pobres y el 53%indigentes. Los Derechos del Niño tienen sin embargo rango constitucional. Una periodista de su staff se internó en el San Marcos, y describe condiciones patéticas de existencia y entrevistó a funcionarios y especialistas. "Los niños juegan al fútbol y al ladrón y aprenden el oficio de la marginalidad", escribe

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(Por María Laura Riba). Adentrarse en el corazón del barrio San Marcos de nuestra ciudad, es una forma de meterse en las orillas de la vida. Allí, decenas de niños juegan al fútbol y al ladrón, aprenden el oficio de la marginalidad

"Mejor es que vayas acompañada", me dijeron. Pensé que no era para tanto, pero la insistencia me hizo dudar.

No fui sola. Mi acompañante es del barrio, el San Marcos; barrio populoso al que entré en pleno día, bajo un sol invernal que no alcanzó para abrigar las heladas formas del desamparo.

Las calles, estrechas y desprolijas, se abren en caminos de tierra, polvorientos en las épocas de escasas lluvias, lodazales los días de tormenta. Los vecinos del barrio saludan a mi acompañante y de paso me observan, probablemente con desconfianza. "Es un barrio con mala fama, pero hay de todo como en todos lados", se apura a aclarar una mujer joven mientras se encoge de hombros. Ella sabe bien que, especialmente, los fines de semana acá se pone bravo".

Sólo unas pocas cuadras nos separan de la Avenida Maipú. Cuadras de casas humildes, algunas cuidadas, otras cansadas de pobreza, otras con rejas más altas que sus mismos techos, más importantes que los propios muros que cercan; otras parecen abandonadas, pero infantiles ojos recios y oscuros, vigilan desde adentro.

En mitad de una de las calles, casi ocupando todo su ancho, una camioneta 4X4, gris metalizada, ostenta su brillo. Parece que un puntero político - dicen, comentan por lo bajo - habla con unos hombres y juntos ríen y se palmean. Mi acompañante y yo seguimos caminando; él, acostumbrado, yo atenta. Por fin llegamos hasta una capilla de cruz blanquísima y muy alta, metida en la boca del cielo celeste, como una lanza de conquista. En el terreno de al lado, varios niños juegan a la pelota y gritan y se ríen y se piden pases y sólo tienen ojos para los pies, los propios y los del adversario. Es el Centro de Protección N° 4 "San Marcos", dependiente de la Dirección de Minoridad y Familia. José Francisco Malfussi, a cargo del mismo en esos momentos, de anteojos negros y gorro de lana metido hasta las orejas, nos recibe.

El centro tiene sus puertas abiertas a todos los chicos entre seis y catorce años, aunque "a veces hay chicos más chicos y chicos más grandes", que deseen entrar allí en busca de desayuno, que no es otra cosa que mate cocido o café con leche y algo de pan, en búsqueda de cariño, de ayuda escolar, de juegos y almuerzo "cuando hay", según comenta Malfussi. El centro "San Marcos" funciona desde el año 1984 y sólo en casos excepcionales, recibe niños derivados del juzgado. La idea es que los chicos del barrio se acerquen por voluntad propia y se sientan contenidos. Pero uno de esos casos excepcionales, es el de un chiquito de cinco años que se encuentra internado porque tiene infectados los dos pies. Eso sin contar la droga o el alcohol que lleva encima, cuando "los más grandes le dan", según me cuentan.

José Francisco Malfussi señala que en estas duras épocas, la cantidad de chicos que asisten al centro "se incrementó considerablemente. Aún así, acá no se nota mucho porque en el mismo barrio funciona el comedor; donde sí se nota es en la apoyatura escolar. En la actualidad, hay más de cincuenta chicos registrados, aunque llegamos a tener cerca de noventa."

Los niños que ya han incursionado en algún tipo de delito, por lo general, no se acercan al centro, pero "a veces, por ahí, les sale ese alma de criatura y vienen y se mezclan, pero siempre terminan haciendo lío y se trompean con los demás, entonces ya les sacamos porque no están registrados; pero por ahí, si se portan bien, se quedan a jugar con los otros", cuenta José Francisco.

El personal estable del centro está constituido por el director, una maestra y un personal de apoyo. También hay otras tres mujeres que prestan su colaboración y perciben los planes "Jefas de Hogar".

Al centro le falta "de todo". El edificio donde están, sencillo, precario, es prestado por la Iglesia y la única maestra que hay, no es suficiente para atender a tantos chicos. Sin escapar a la inseguridad de estos días, el centro fue robado varias veces; en uno de los saqueos destrozaron la puerta de entrada y en otra oportunidad se llevaron la cocina. Entonces debieron recurrir al ingenio. El padre de uno de los niños creó una muy modesta, rústica, con ladrillos, que fue utilizada hasta que, por fin, pudieron conseguir un anafe, que ahora tienen guardado como un tesoro. Un anafe para el desayuno austero y para algún almuerzo, sólo de vez en cuando, si es que consiguen mercadería. Por suerte para los chicos, hay un comedor cerca y, por ahora, tienen un plato de comida todos los días.

A pocas cuadras de polvo y olvido, el comedor del San Marcos es abastecido por Acción Social. Por eso, allí pueden preparar almuerzos y nada más que almuerzos, en los que cocinan "guisos, fideos, polenta, a veces milanesas de soja, frutas", apunta Felipa Mambrín. Comida que no siempre alcanza o más bien, se hace alcanzar, "se pelea", aclara Silvina Quiroga. Este comedor recibe, diariamente, un promedio de cien chicos, aunque, en verdad, "cada día hay más chicos y gente mayor, ancianos, discapacitados", señala Silvina. La gente que concurre es "gente con problemas de trabajo o que recibe el plan Jefes de Hogar y tienen cuatro, seis, ocho hijos y el plan no les alcanza", coinciden las dos mujeres. Felipa y Silvina también reciben el plan Jefas de Hogar y tampoco les alcanza y también tienen hijos menores de edad.

Para este día del niño, anhelan conseguir chocolate y algunas facturas, "la donación es bienvenida. Si es que conseguimos que entren al barrio para donarnos, porque este es un barrio al que no quiere entrar nadie... la mala fama... pero en el centro también ocurren cosas y los chicos no tienen la culpa de nada. La gente mala no se mezcla", sentencia Silvina Quioga con cierta resignación.

Antes de irme, Claudio, de flequillo negro hasta los ojos y timidez, apunta desde atrás, "yo vengo a comer; somos siete hermanos y no alcanza". Claudio, tal vez de diez años, para el día del niño no sabe qué pedir, pero él sabe que es mucho lo que precisa. "No sé" dice y deja sus ojos rasgados abiertos a todos los posibles, a todos los imaginarios regalos.

Pegada al comedor, "la salita" como es conocida en el barrio, un SAC dependiente de la Municipalidad de Corrientes, presta servicios médicos desde las 7 a las 20, "anteriormente era hasta las 21, pero se redujo el horario en invierno, por como está todo; hay muchos asaltos y no tenemos seguridad", comenta Ramón Galarza, encargado administrativo del turno mañana. La población infantil que allí se recibe no sólo es del propio barrio San Marcos sino de barrios aledaños y sus afecciones son variadas, desde una bronquitis hasta la desnutrición, aunque "dentro de todo se está trabajando bien. Tenemos odontología, enfermería, ginecología, clínica, pediatría y kinesiología", afirma Galarza, convencido y seguro de lo que dice, sin mayores especificaciones.

Entre tanto, dos niñas, apenas adolescentes, entran con bebés cargados en sus brazos. Piden por el médico. Por lo bajo comentan alguna picardía e infantiles, madres, pequeñas madres, se miran entre ellas y sonríen.

De regreso por las estrechas y gastadas calles del barrio, nos cruzamos con algunos chicos de buzos azules, sucios y gastados, de pies descalzos y ramas en mano. Y como siempre, con uno o dos perros leales y raquíticos que marchan cansinos detrás de sus huellas, que arrastran juntos arena y mugre. Niños que me piden "una moneda para mi pan". Perros sin mirada, eternamente fieles a la soledad de la pobreza.